jueves, 6 de noviembre de 2008

Libertad encarcelada

"La cárcel es para la gente mala" le habría dicho alguna tía en sus épocas de niñez. Esa era la única cosa que tenía en la mente en ese momento, mientras sus pies se dirigían por primera vez a la celda que le fue asignada, donde dormiría junto con otros asesinos como él durante los próximos veintitantos años. Detrás de sus pies venían las botas del guardacácrel, quien lo sostenía con una mano sobre la nuca, inclinándole la cabeza hacia adelante, y con la otra mano agarrando la cadena que unía sus muñecas, completando una especie de círculo con sus brazos y su espalda.
De un instante a otro, un empujón lo arrojó hacia la puerta de una celda, igual a todas las demás. La puerta se abrió por el choque con el cuerpo, que quedó tendido en el suelo, dolorido.
"Levantáte maricón, ¿te gustó el viajecito? Porque la estadía en el hotel es mas linda todavía para los putos como vos."
"Se ve que hablás con conocimiento de causa."
"No te hagas el pelotudo. Acá no sos nadie, sos un número de mierda. Eso tenelo clarito, ya perdiste la libertad, pendejo."
"¡Y quién lo dice! Otro condenado. ¿O acaso creés que sos mucho más libre que yo?"
"Hasta mi perro es más libre que vos."
"Y seguramente que vos tambien. ¿O tu mujer se pondría contenta de que un día dejes de venir acá, a esta cárcel de mierda, a rodearte de los chorros y asesinos para cobrar tu huesito de cada mes? Entonces ¿Quién es carcelero de quién? ¿Quién prohíbe ser libre a quién? Yo, al menos, decidí matar al hijo de puta que maté.  Vos nunca decidiste nada."
"Yo diría que el hombre de azul que tiene un garrote en la mano y te está por cagar a palos es quien domina la libertad de un sorete sarnoso que está revolcándose en el piso."
"Seguramente golpearme será tu elección y no algo escrito en un puto manual de procedimientos que te obligaron a leer y estudiar cuando entraste a trabajar acá porque te estabas cagando de hambre, del mismo modo que si en el puto librito decía que me tenías que agasajar con unos panqueques ya estarías en la cocina con el delantalcito batiendo huevos."
"De hecho, estaba por empezar a batirte los huevos a patadas."
El oficial le pega tremendo puntazo directamente sobre los testículos. El reo lanza un grito ahogado, fuertísimo, y se retuerce para aguantar el dolor.
"Ya vas a aprender" dice el carcelero, y se da media vuelta, dirigiéndose con ligereza al baño de los oficiales. Ya se hacían las cuatro, y como todos los jueves le tocaba lavar la letrina.
El preso, aún recostado sobre el suelo, decide alzar su cabeza y mirar por la rendija de la mirilla que deja ver un pedacito del cielo. 
"Ya vas a entender" susurra.

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