viernes, 23 de noviembre de 2012
Lamparita eléctrica, te hago interlocutora esta noche porque miré alrededor y sólo había un vino y cosas apoyadas contra las paredes. No quiero nada apoyado hoy. Vos estás ahí en pié y además brillándome la cara. Te hablo lamparita. Para quien no te conoce: Tenés la cabeza anaranjada, casi roja, y tropezoidal. Tu cuerpo es flaquito y oscuro, con un tríptico sobresaliente, como si fueran unos simpáticos rollitos en la mitad de tu columna. Tu único pie es una semiesfera incremental, ya que nace como una pequeña que en un momento crucial toma la decisión de crecer en diámetro y esto mismo lo repite dos o tres veces hasta chocar con la madera de la mesa que te sostiene, lamparita. Tu infierno es mi dedo apretándote el interruptor, el interrumpidor de tu luminosidad, de tu única razón de ser lámpara, que sin tu alma foco sólo estarías ahí entrometiéndote con incipiencia en la categoría de mugre, de chatarra okupa de mi mesa. Pero mi dedo te esquiva y electrificarlo quisieras con tu trasero enorme y finito de cablerío, o quemarlo quisieras con tu alma encandilante, pero solamente le brindás tu foco focalizante para construirle una sombra, que casi diría que no es sombra del dedo sino de la lámpara-dedo, ya que sin uno u otro sería o una oscuridad plena imperialista de todo el habitáculo, o más bien una única brillantez homogénea sobre mi madera hecha mesa, pero sin embargo allí están los dos, de lo más cómodos construyendo una lombriz negra con forma de dedo en mi mesa que se alarga y se achica ante mis movimientos, que se mueve hacia aquí y hacia allá, que se acerca hacia el infierno, y presiona un poco al diablo mismo, un poco de presión hasta que más ya no lo veo.
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