viernes, 27 de junio de 2014
Las ciudades caminadas
No está nada mal descendiente ser de los dioses. Aquellos filibusteros de la fé, aquellos entes que recorrieron cada segundo de su eternidad por autopistas de ombligos y pereza. Tenores de acero en los cielos quienes abanican nuestra brisa y nosotros aquí, de pantalones verdes y sin saber quién asiste a la guerra de colores desatada en su tela atada, tamaño espacial ocupado de rizos amarillos versus pédulos azules, atascados contra la luz, que rayada por entremedio se hace cómplice de la sombra de los agujeros, y rebota a cada sol de cada planeta los suspiros de fulgor que largan las patas que caminan por adentro del lienzo, camino que sólo caminando no advierte al infinito la destrucción de ciudades enteras que las hormigas llevan por debajo, y con cuánta ventaja. Y el caminante camina como si nada, o como si todo no fuera lo que es. Caminante camina indiferente pareciera, mas lo que parece indiferencia se llama dolor. Dolor de jaula y de maraña. Dolor de sorbo en las tazas. Dolor de a terrones. Dolor entubado. Dolor de silicio.
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