No había corazón alguno, eran todas mentes con orejas.
El corazón palpitante se acercó al tumulto de neuronas, y subéndose a una piedra exclamó: "Buenas noches mentes con orejas!"
Las orejas se precipitaron antes el primer grito apasionado que habían escuchado jamás
"¿estas son horas de mentes?" se preguntaba el corazón, abatido por la situación de ver cerebritos danzando despacio a través de su propio razocinio inmaculado, un deslizacimiento siempre oportuno, insoportablemente oportuno y eficiente
"¡estas sonoras dementes!" exclamaban furiosamente los intelectos cabecillas, que ya estaban organizando grupos de autoayuda por el disparate de oir un corazón hormonalmente psicopsicótico alborotando la tranquilidad de las ideas apaciblemente excomulgadas de pasión.
El corazón ya retirándose, ya entristecido, llorando y fusilado,
el corazón rojo de sangre,
el corazón lleno de venas que transportaban hectolitros de sangre arrepentida de haberse inmiscuido en un cerebro pacíficamente gris, un cerebro eléctrico pero demasiado gris,
y el corazón oscureciéndose y cada vez más chiquito.
La mente, mientras tanto, ofuscando sus intercomunicaciones galácticas, la mente eficiente buscaba solucionar el problema, la mente profudizaba algoritmos de perfecta definición,
inicio procedimiento fin.
El corazón finalmente murió desangrado.
Todos los años se le rinde estricto homenaje
las mentes se ponen la escarapela y le rezan.
Oraciones perfectas le rezan,
dicen exactamente lo necesario,
ni una letra desperdician sus rezos,
toda característica del corazón está perfectamente reconocida,
austeramente diseccionada, representada, enaltecida.
Al corazón mártir se le ha dedicado la oración más perfecta.
No hay oración más gris que se haya escrito jamás.
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