martes, 5 de junio de 2012

La luna en mi parque

De noche siempre me escapo de mi casa al parque porque ahí uno siente que se siente conectado con el pasto, ya voy a explicar mejor por qué, pero lo cierto es que los árboles te rodean y se colocan cada vez en un lugar distinto, maravilloso, inmejorable. Las noches de viento aletean y saludan a la luna. La luna siempre está en este parque, la mayoría de las veces contemplando todo desde su techo, pero de vez en cuando se aburre de su lejanía y se viene a guarecer en algún hormigero de por acá.
Y yo voy al parque por eso, voy a buscar a la luna, a pedirle que vuelva al cielo. Tremendo escenario te pusieron, le digo, como para andar ahí abajo escondiéndose a secretear con los insectos. Por supuesto que nunca recibo respuesta, sería un loco si creyera que la luna le va a hablar a uno así nomás, pero créanme que una vez la ví de lejos en el horizonte del parque. Las hormigas la estaban transportando de a pedacitos a su tribu subterránea. Y claro, porque sería un disparate pensar que el redondel pudiera alojarse entero debajo del parque, y menos aún de pasar sin más por el agujerito mínimo de la entrada a la tierra.
No no, la luna es seccionada cuidadosamente por las hormigas todas, y cada cual lleva en su lomo un pedazo de ese rostro gigante, el rostro iluminado de la luna poeta, la llevan en fila como si fueran las letras brillantes de un poema escandaloso, destinadas a cantarle la canción mejor de todas a su reina.
Es por eso que cuando la luna no aparece en mi cielo la voy a buscar ahí, a mi parque.
Ahí se esconde siempre la luna, en las noches de hormigas llenas

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