Los broches en mi terraza se me escapan, se me desmultiplican, hay cada vez menos y raro sería que haya por mi barrio algún ratero de broches o que el gato malo del vecino se enzañe tanto conmigo como para cometer semejantes arrebatos permanentes, y tan teledirigidos. Todo broche, y todo lo que parezca a broche, o se use como broche va desapareciendo paulatinamente de mi terraza. Probé con todo lo que te puedas imaginar: Perchas, alfileres de gancho, gomitas, hilo dental, alambres. Hasta probé colgar las medias pegándolas con cinta de la pared. Y desaparecieron las cintas, mas no las medias, y afortunadamente tampoco la pared.
Una vez me cansé y a una remera la até a la soga directamente, es decir, sin ningún intermediario que pudiese esfumarse, sino con nudos construidos sobre la propia tela, sin interesarme en la inevitable posterior rugosidad de la remera, y aún sabiendo con seguridad que la porción de remera que participara del nudo jamás podría secarse ya que para ese sector el mundo consistiría únicamente en una oscuridad retorcida, un ambiente por demás hostil lleno de humedad ensimismada. Bueno, cometí esta estupidez que detallo porque estaba cansado. Y dejé la remera secar todo el día. Y a la mañana siguiente subí a mi terraza y estaba allí la remera, en el piso, sucia y toda arrugada. Ya nada la sostenía. Ya no estaba atada. La remera estaba completa. Pero el nudo había desaparecido.
sábado, 16 de junio de 2012
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