jueves, 12 de julio de 2012

Pelea

¿De qué estamos hablando? Tuve como un cortocircuito mental, un abismo en la continuidad de la charla y me quedé en blanco, desconcertado. Vuelvo como de un desmayo y analizo mi situación actual, la geografía de la conciencia, mi nueva conciencia que me brinda datos contextuales que me ayuden a escapar de esta bóveda húmeda de mi turbación. Veo tu rostro, tus ademanes, no se quién sos pero veo tu boca balbucear algunos sonidos, veo tu cuerpo encogerse de hombros y extender un brazo, y a su vez con el brazo abierto y medianamente torcido por el codo veo aparecer también tu mano y subextender análogamente el dedo índice de forma amenazante, moviéndolo de acá para allá en alguna simbología que no alcanzo a comprender, me siento fuera de tu cultura, y vos seguís moviendo el dedito como abanicando al aire, tratando de enfurecerme o entristecerme o hacerme cambiar de algún modo de parecer, pero a mí no me parece nada, sólo siento una extrañeza en el aire, como un viento torpe emanado por tu dedo que se acelera hacia mi cara pero con mi otra mano lo encierro al viento como si fuese una empanada, lo tengo ahí amordazado sin dejarlo ni siquiera expresarse como brisa, y te sigo mirando a la cara, es lo único que entiendo, tus ojos apretados contra la cara, y sobre ellos tus cejas intermitentes, inestables, que me invitan a profundizarme más, adentrarme aún más en ellos, y así es que con mi mirada entro por el seco fondo de tus pupilas, mientras tu lengua sigue parloteando no se qué, primeramente creo que estás hablando muy bien o muy mal de mí, luego creo que ni siquiera estás hablando, porque veo sobre tu mejilla viajar una gota, y esa gota no es otra que la primera lágrima de una gran desdicha; si conoceré yo a esa lágrima; si no habrá sido también mi rostro anfitrión durante tanto tiempo de ella y de tan conocedora de mi cara ahora ella se ha aburrido y fue a visitar a mis semejantes, y no cualquier semejante, ¡semejante semejante! eso me sale decir, una imbecilidad propia de mí, una ironía absurda que nada agrega, nada colorea a tus palabras que siguen hablando por sí solas inútilmente, que si hablaran decorosamente de mí, en mis orejas rebotarían, ya están hartas de tal palabrerío, los elogios no suenan a nada nuevo y tus alabanzas no son otra cosa que ilusiones engañosas; pero si hablan mal trataré de prestar atención porque ahí sí que siempre tu garganta encuentra una veta, una expresión nueva y creativa para explayar esas combinaciones de letras, palabras y párrafos de la forma más hiriente posible, para que la lágrima no se te quede en el medio del cachete, para que complete su curva tomando envión y saltando de nuevo hacia mi cara, y entonces exclamemos vos o yo, cualquiera, alguna frase prefabricada de pelea, gritándole el uno al otro cosas como ¿Me mentiste? ¡Ah si! ¡No me extraña! cuando en realidad ninguno estaba escuchando a nadie, sólo estábamos mirando igualmente desconcertados el techo, o el suelo, poco importa, ambos siguen igual, igual de vacíos como el primer día.

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