Un sapo va por ahí y se cruza con una hormiga que llora y le dice por qué llorás.
El sapo se queda mirando bien a lo sapo, y le dice por qué me preguntás si yo no lloro, si vos llorás.
Y la hormiga bien a lo hormiga va y lo encara, va y lo regodea, lo escala, lo arriba y lo rodea por la piel torciéndose las antenitas para maravillarlo, maravillar al sapo a medida que las lágrimas le caen y no le caen en cualquier lado sino en la verde y áspera piel de un sapo estupefacto, un sapo enorme y grueso que no entiende nunca nada, ni siquiera una pequeña y miserable pena de hormiguita.
viernes, 22 de febrero de 2013
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario