sábado, 19 de septiembre de 2015

Amarillo colorado

Se me han atisbado los matorrales de avispas avispadas por la embriaguez de los elixires de alguna miel aledaña. Estas avejas que me zumban la paciencia sin disiparme ninguna duda, me alborotan los pensares cual burbujas en remolino para un pez perdido. El grito se me despega por los bronquios, navega y naufraga por milenios durante mares de plenitudes vagas. Atraviesa el espacio de lado a lado, pero el espacio siempre es el mismo. Nada es ameno por acá, se dice de por aquí. Los vecinos son los carros hidrantes de la pelotudez. El pececito es aquel vacío eterno entre un punto y otro de la misma recta imaginaria e inimaginable. Fanatizarme por su cosmos es lo más peligroso que me ha ocurrido últimamente. Pues entonces pueda ser que un día deje de describir las imágenes que aterrizan solitarias en el desierto de la ocasión ocasional. O tal vez aquel que me dicta las vaguedades siga insistiendo hasta que ya no quede una sola palabra remanente. ¿Habríamos entonces vencido de una vez al diccionario? ¿Cuál carrera es ésta, la de los velociraptores de la codificación? Yo codifico, tú decodificas, ellos nos cosifican, nosostros nos descosificamos. A nuestro alrededor llueven meteoros de hielo congelándolo todo. Ponemos pues nuestros espectros al sol. Broche y soga, un sólo corazón.

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