jueves, 17 de septiembre de 2015

Por si acaso ni un gesto

No es que no rime. No es que no pegue. No es ortográfico ni gramático. No es la oración, la palabra ni el verso. No ocurre cuando la lectura es oral ni mental. O la escritura manual o maquinal.
El gesto es permanente y perturba. La cerca está cerca y perturba. El mono, su navaja, y lo mismo.
Los glaciares circulan por donde hace frío, el frío circula por donde los glaciares.
El maní se pela y se obtiene su tesoro, el maní.
Ídem. Ídem. Ídem.
Desconozco los licores de la grandeza. Crecí sin.
Un sujeto me sujeta, le digo hijo de puta.
Un perro me lame, me promueve la psicodelia.
Un fehaciente me fabrica interruptores en la comprensión, pero no le entiendo.
Le tiro sal y le inyecto ciento ochenta epitafios, uno por cada dolor versus quien amé.
Tristeza de profesionales.
Me refugio seguido en lo inutil de sumar besos para restar penas.
En dar una mano a quien me da la mano. Mano ajena danza alegre entre mis dedos.
Las flores pifian su conga entre mis macetas.
No las riego ni que me rueguen.
Para cada planta soy flor de hijo de puta.
Para un perro que no tengo soy re capo.
Para un gomón soy el náfurago que no rima con sus remos.
Y allá ya llega el otro tomo que retoma el tema.
La noticia de mis harapos sangrando sangre.
¿Y qué tiene tener una pandereta entre los tímpanos?
Si un niño me atraviesa con su risa, yo le digo risa de niño.
Si desconozco los modelos de la impaciencia.
Si ansío cada cosa que pienso.
Si discurro mano a mano con los adornos.
Si mi piel se va a dormir fulminada.
Y termino esta berretada así nomás.

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