domingo, 4 de septiembre de 2016
Culinaria
No voy a leerte esta hoja, hormiguita acorralada en lo oscuro. No puedo tenderte mi dedo tan grueso a la pequeñez de tus canaletas. Por ahí abajo espantás al tiempo, entre azulejos mártires de cocina, bajo panfletos mórbidos de pizzería. Con tu presencia el minuto se apacigua, el segundo se suicida, la hora se me ahuyenta. Hormiguita espectacularmente humana, me desbanda tu reclamo, perfumosamente hormiga. La especie triunfante aquí no es ninguna. Un empate zoológico nos corona, una tregua mitológica nos felicita. No temas, hormiguita, que miedo ya tengo yo. De la baba que zigzaguea zaguanes distintos, entre espumas y vajillas, la senda demoníaca de la que vomita su cuerpo al andar. Yo, piloto deliberado del salero prometo, andará empelotada entre sus púlpitos de sal. Implotará entonces desde su sombra líquida, nuestra paz de contubernio. Reinará nuevamente el suburbio del sosiego, bajo esa nostalgia persecutoria del reloj que nos mentía.
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