sábado, 7 de octubre de 2017

Unos besos

Tengo un oso desacomodado en el subconsciente.
Un oso reciente que obstaculiza el estatuqúo.
Tenés una boca tuya, una boca consecuente.
Siempre pudiente tu boca de zarpar por entre los difuntos.
Alto riesgo de espantar al isomnio, mi oso boca tuya.
Los negadores duermen, sus uñas chillan al dormir.

Un cóndor soy.
Un cóndor soy de alas confitadas y la contorsión de los indemnes.
Un aeropuerto en tú.
En tu vientre un aeropuerto, naves galácticas y mejillas bajo cielo.
El infinito presente entre cada milímetro.
La realidad tira errores.
Por ese tubo que se asoma al sencillo vuelo del día semanal del mes mensual.
No me muevo de lo recóndito.
Da error la realidad.

Del otoño.
Del otoño una hoja cae y se prosa sobre tu hombro tan sereno como un renglón.
Una prosa malherida sobre tu torrente de piel fresca.
Una estepa ávida al palpitar de la tinta crujiente con la que se escribe el otoño.
Un cerezo comido, un carozo atravesado y la nuez que cabalga absorta sobre su montura.
Un cogote magullado sin nadie que repara en el aire que falta.
Toda la brisa es ninguna sin su serpiente obligatoria.

La muerte.
La muerte se cuelga como un collar condenatorio.
Aún la boca es tibia pero imberbe sin su verbo.
El piso está inmediato y tan quieto.
El tiempo detiene rígidos relojes, se hace instantáneo el rocío sobre una perla.
El amor no existe, mi amor.
Nadie mira mi lado alado?
Nadie oye mi grito de silencio?
El amor no existe, amor mío.

En este exactamente instante
En que la tierra huele a sabor.
Aún cobriza, aún celeste
Brota la luna entre las nubes.
Y un sendero negro se abre a través del cielo.
Ese ducto termina en nuestra cama.
Y por allí suelta, lunática,
La munición lenta de unos besos.

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