Hay un puñado de miel sobre la mesa. Además, hay dos que sólo miran. Vos y aquel. Yo ya ni me acuerdo (es que pasó tan rápido) si yo era ese poco de miel o si era ese otro que estaba ahí con vos. Las galletas estaban preparadas y listas, sobre la mesa, esperando el inalcanzable instante, ya, que les prometa su dulzura eterna. La miel, o sea yo, creo, no parecía resistirse hasta el momento a su destino tan triste como necesario. Vos agarraste un cuchillo de esos sin filo (¿o era una cuchara de esas sin forma?), y empezaste a anunciar lo que sería mi fin, el fin de aquel otro.
Tal vez me confunda con la miel porque nuestro destino resultó bastante similar dentro de todo. Cuestión que te agarraste toda la miel para vos, igual que habías hecho conmigo, como hacés siempre conmigo, y también de igual seguiste obrando, yo vi cómo agarraste esa miel, era como siempre me agarrás a mi, que parece que soy la miel que agarrás y querés para vos, yo me preparo para endulzarte, me ofrezco entero hasta que vos, y te digo porque te ví, y porque te sigo viendo, cómo das la vuelta y le enchufás toda esa miel en el platito del perro.
lunes, 20 de agosto de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario