domingo, 20 de mayo de 2012
Una mirada
Resuelvo descontentarme con una mirada que se alejó justo antes de cruzarse, provocando entonces en mi cara una reacción que no cuajaba con el resto del movimiento del cuerpo, una tristeza o una solemnidad pretendida enfrentada a mi mano derecha que estaba desviada hacia un costado, y se iba aflojando a medida que mi mente la borroneaba, la corría para apartarla y tratar de encontrar un agujero de espacio entre veinte o treinta o cuarentaipico de personas que traía el colectivo, todas agarradas de los sujetadores y de los asientos, dos mujeres con pollera azul, un sombrero sobre una cabeza de un hombre bajito, lindo sombrero y muchos nenes con guardapolvo que estaban por debajo de otra coqueta y uno dos tres que llevaban saco y corbata porque el cuarto ya se la había aflojado y quitado el saco por el calor tremendo, y toda, toda esta gente y sus conversaciones, sobre el calor inefable, el destino de las vacaciones, las figuritas late nola, todo esto ocurría sin que yo me diera cuenta en absoluto, para mi eran todos obstáculos, los asientos, las personas, los ruidos, los sujetadores, todos obstáculos que no me permitían volver a cruzarme con esa mirada verde, con esa cara que imaginaba, porque sólo se veía un poquito de su nariz y el cabello negro también, entremedio de la multitud transportada, tan cerquita estaría si no estaría ella allá tocando timbre, yo acá revolviendo moneditas, ella con un dedo posado en el botón con la poca precisión que eso requiere, pero demasiada para la flojera de mi mano, mi mano embalsamada, mano desmayada, mano inoportunamente ajena que estaba ahí en el aire cuando quienes suben intentan preocuparme porque se me caen las monedas, porque atraso todo, porque yo provoco que se retrasen sus relojes, pero ellos provocan que ya se bajó la morocha.
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