En un pueblito donde una vez pasé unos días, durante un viaje que ya olvidé por completo, había una casona arrumbada donde la viejita que la ocupaba me decía tener adentro una máquina capaz de construir tiempo.
Como es de esperar, mi reacción ante esa imprevista confesión fue de un inevitable estupor inicial. A eso le siguió la inmediata petrificación de mis facciones, y la subsiguiente construcción de un escudo imaginario interpuesto entre la vieja y mi cara como vacuna ante el riesgo de contagio de tan insana locura. Aunque locura en verdad sería también imaginar que tal muralla invisible pudiera servir de defensa ante un ataque tan improbable como inexistente de propagación de tal curiosa mentalidad. Pero inevitablemente, en mi correlato interior, yo era un guerrero aguerrido, atrincherado, camuflado, asimilando los contornos de mi boca a una nueva forma, un nuevo trazo tan distinto del original, estableciéndose perpendicularmente en el plano de mi gesto anterior un nuevo ademán indescifrable, tal vez para parecer un loco más entre tanta demencia desparramada, y que entonces la requisa inevitable que los ojos de la vieja ya estaban practicando por todo el horizonte, incluyendo allí al rostro del relator, me obvie del paisaje, me ignore creyéndome parte ya del mismo, y que así toda aquella supuesta intención de fusionar conmigo a su ultrajada lucidez me dé por ya incuído, por ya cooptado previamente, y así me evada, me permita huir por un costado aunque por lástima fuera, me propicie el accidente un tubo de escape para huir flotando por una mínima corriente de racionalidad de aquel ejemplar de ancianidad piantada.
Estaba yo meditando todo esto cuando abro los ojos. Ni recordaba haberlos cerrado anteriormente. Mi mano, alzada, acababa de golpear la puerta de una casona arrumbada. Sale una vieja con pinta de perturbada y se me pone a hablar.
sábado, 1 de septiembre de 2012
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