Todavía no me doy tanto cuenta, pero estoy en una escena, esto es una innegable escena de algún sueño o pesadilla en la que estoy yo parado ahora, en este trémulo rapto de consciencia. No me figuro gritando lo que ya tengo, y mañana diré al psicólogo, o quien oficie de aquél, ví gente vigente, lo recuerdo muy bien. Pero siendo ahora el deseo seco de continuar la senda que venía desde mucho antes, se disuelve por incierta canaleta la consciencia y sigue el puro devenir, ese que nada puede decidir.
La tos de la admiración captará tus reacciones, al instante en que sepas en que la fascinación movía sus ojos en todas direcciones buscando dónde herir. El estornudo de la animadversión sobrevendrá después cuando sepas que siempre digo que no pasa nada y luego pasa de todo. Que en Olleros y Amenábar te espera un rayo brilloso que tanto lo imagino que parece que ya lo oigo. Y obtener de nuestras mochilas un captor sonoro y brindar nuestros bomberosos oficios a la caza que imaginamos y nadie recompensa.
Según las gotas que caen de mi cara, hace un momento atravesó un doloroso llanto por mis mejillas. Qué culpa arrastrarán desde tan lejos mis ojos? Un ojo que mira a otro, de diálogo imperdible: Quién sos? Qué pena padecés? Por qué llorás? Un ojo que sólo es poco para una cara, de trayectoria insobornable: No lloro para nada. Y de haberlo sabido, hubieras hecho qué? Si tu silencio se prorroga: Viste que no había apuro para nada? Y si tu silencio se acaba: Cae el segundo ojo, ahorcado por alguna vena, transimitiendo en vivo y en directo imágenes exclusivas de la defunción.
Entonces despierto ahora, acabándose el sueño. En aquél los ojos se desprenden de mí, y eso que veo son mis pies. Escucho una voz dulce, ojalá me hable a mi, todavía no lo se, no lo conozco o no lo entiendo. Pero la voz es de la mejor estrella, esa que va sin rumbo iluminando la negra noche del infinito, esa que va sin armas arriesgándose entre meteoritos. Esa que es casi no narrable y me aparta con un golpe de magia del renglón.
Caigo, lo sé porque mis ojos rebotan nuevamente. Cueglo de un árbol, ahorcado desde la madera hasta mi cuello. El árbol a su vez, cuelga del planeta como un campeón del bosque. De un bosque donde habitan los campeones. Si la voz fuese conmigo le respondería tal vez, no importa nada que la cerveza sea poca, morámonos de perfil al sol, que yo no estoy atado ni atrapado y vos mucho menos que tampoco, y esos de abajo son mis pies, y aquí los dos en Olleros y Amenábar, no es tan difícil intentarlo, arisca e intrépida hazaña mía que no ocurrió.
jueves, 31 de diciembre de 2015
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario