Vagabundear las tonalidades de la existencia es bastante de vago. Es prácticamente el intento del vago, el quehacer referido a la inacción frente a la sobrepoblación de sentidos que construyen ciudades enteras en la tiernísima arena de nuestra banalidad. Es de fe religiosa el ensayar sinónimos a la actividad primigenia, es de ciencia desmentir e inmolarse ante cada grano de arena en búsqueda de su finalidad.
El vago no sólo asedia a la utilidad. Es peligro también para la receta de la vanidad. ¿O acaso es posible organizar un concurso de vagos a ver quién es el más? Mas bien que no irá ninguno, ya que era tiempo de probar un colchón, tirarse en un costado, jugar con el enfoque de los ojos, arrastrarse a algún sillón, o cualquier otra posibilidad. Pero a todos será estéril la propuesta, tener que ir para salir campeón.
jueves, 31 de diciembre de 2015
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