domingo, 23 de abril de 2017

Estribillo

Hay una gota de agua que renunció al mar en mi salsa de soja. Su inicio y su trayecto son difusísimos, pero me produce fuego en la cabina de mi lengua, como si un paquete de dioses llegara un día a la casa del ateo. Tal cosa es como mirar tal lejos. Una lágrima de mi sustancia que renunció a a la sal. Rabiosa como quien tiene sexo con sus dudas, y se queda esperando lo que ya sucedió, pequeña como el pez irrisorio que desconoce los costados de la pecera. No me charles de dioses, que Dios es uno y está gagá. Dios, ese hombre que vive incrustado en una planta, y en las demás. Con los ojos trabados entre las hojas, con el alma metida también adentro de un perro, y de todos los demás. ¿Y qué si así fuera, y qué si así no? Dios como estribillo que no rima con ninguna melodía. Me tocó ser confuso, admitamosló. Pero hay cierta metodología en este quilombo, así como hay cierta meteorología en los suburbios de la calma. Aparentemente imposible despojarme de algunas ignorancias. Será en mi día final que me despelleje las carnes intentando buscar alguna verdad por debajo de la piel. Como si algunas respuestas se hubieran exilidado en mi interno contorno, como un largo papel. Y por fuera la totalidad del cuerpo enmudecido, con la sola excepción de mi lengua ciega y sorda. Habita en esta persona un monstruoso que se propone dictar teoría cuando el alma se hace la ruda pero pone cara de pedo y en la práctica es una naturaleza lastimada. Uno no hace más que transitar los límites de su misterio. El entusiasmo religioso de la limitación humana. Si cuando duermo tengo un ruido en la nariz, si me asombra toda luz, si las noticias me son hondas, hasta mi espacio más último, la curva de mi caverna.

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