En una palabra: Lluvia. Si me dejás explayarme un poco más, puedo decirte: Mucha lluvia.
Es decir, por cada lluvia que llueve, se larga a llover dos o tres veces más. Suena tonto, pero es así.
Ayer el cielo estuvo negro todo el día. Pablito me preguntó dónde estaba el sol, que hacía mucho que no lo veía. Yo le dije que se fue a iluminar otro planeta, porque se aburrió de la Tierra. Se lo dije como un chiste, pero se puso a llorar. Las nubes en el cielo, y los ojos en la cara de Pablito, los dos llorándole al sol para que vuelva.
Encima la vieja está con miedo, sabés como es ella. Yo trato de calmarla, pero cada vez me es más difícil porque yo también estoy empezando a aflojar.
Miro la calle y me agarra una cosa adentro que me hace nudos por toda la panza. Las calles están totalmente inundadas. Y lo peor es el olor. El olor que hay en dondequiera que mires. Es una gelatina enfermiza, pesada, que se te cuelga de la nariz y te hunde la cara para adentro. Viene del agua podrida, donde flotan los deshechos de una ciudad entera. Y peor que el olor es que no para de llover, que ya ni le pude decir a Pablito que el sol se hechó a descansar un rato porque ni yo me lo creo.
La gente ya se cansó de todo esto. La gente se está matando. Al principio, se preservaba la esperanza, incluso la gente se había empezado a a juntar, a organizar para hacerle frente a la tormenta imparable y solidarizarse con los más damnificados. Acá, en el barrio, nos habíamos juntado algunas veces en la biblioteca.
Pero la tormenta fue erosionando cada vez más nuestras esperanzas, y las reuniones parecían un grotesco de terapia grupal donde nos juntábamos a llorar nuestras angustias. No había uno solo con la fuerza de encarar ninguna resistencia. No había uno solo que no tenga un familiar, un amigo ahogado o electrocutado o que no se lo veía desde varios días atrás.
Así fuimos dejando de lado estas reuniones que en nada habían mejorado nuestra situación, y cada uno se fue encerrando en sí mismo, abandonándose a los caprichos del destino, literalmente tormentoso. Otros decidieron acabar con la lenta agonía mediante lo que yo llamaría eutanasia antes que suicidio.
Como ves, el panorama es bastante desolador. De hecho, esta carta, a puño y letra, no hay forma que te llegue porque el correo no funciona desde hace días. Pero a Pablito se le ocurrió que si la ponemos en una botellita, y la tiramos al agua mugrienta, tal vez, el mismo destino que nos arruinó, haga que algún día, no sé cómo, tal vez te llegue y puedas recibir un fuerte abrazo de tu hermano ya fallecido.
jueves, 18 de septiembre de 2008
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