Necesito escribir este relato y nada me viene a la cabeza. No se me ocurre nada. Y el tiempo es algo que se cae permanentemente sobre mí, y necesito pararlo un rato para pensar, pero se sigue cayendo y esto lo tengo que tener para el sábado.
Entonces me paro, camino y vuelvo. Y nada.
Y entonces de nuevo, me paro, camino y vuelvo. Y de nuevo nada.
Y en el tercer "de nuevo", me paro, camino y tropiezo. Caigo. Una piedra había en el piso. En el piso estaba, pero ahora ya no la veo en el piso, ya la veo cada vez más arriba, más en el techo, más en el cielo.
La piedra en el cielo, y yo sigo cayendo, como el tiempo.
Stop.
Yo dejo de caer, y el tiempo sigue su marcha. Me levanto. Me miro. Creo que estoy bien. Me miro las piernas, los brazos. No me pasó nada. Me miro un poco más. Mis manos están bien. Al menos eso dicen. Me miro, me miro. Me empiezo a mirar más de cerca. Me miro a la cara, tengo la nariz bien, y el ojo izquierdo un poco rojo. Ahora me miro cómo cierro los ojos. A decir verdad, nunca había visto semejante cosa, mi cara con los ojos cerrados. Algo raro está pasando, pienso.
Me sigo mirando. Me miro de frente, de espaldas, me miro un poco la nuca. La nuca. La nuca está bien, no te preocupes, me dice un codo.
Me aturden mis manos que no paran de decirme cosas. No me voy a dejar sorprender, sé muy bien que las manos no hablan. "Eso es mentira" - me dice la zurda, pero no le creo. "Mirá ese olor" - me dice la oreja - "está tan frío, y sin embargo se lo siente salado". Mi oreja no entiende nada, no sabe que una oreja no puede decir nada de eso.
Stop.
Creo comprender que algo está mal. O estaba mal antes, y ahora se corrigió, quién sabe. Lo cierto es que hay una piedra en el cielo que reposa inocente.
Se me acerca un ciempiés. Parece amistoso. Mis orejas se lo quedan mirando, y mis manos por primera vez hacen silencio. El ciempiés me viene mirando las orejas, y comienza a abrir su boca:
"¿Qué quisieras romper?" - su boca pronuncia, indudablemente dirigiéndose a mi nariz. Yo no podía hacer otra cosa que seguir observando. "¿A qué te refieres?" - responde mi ceja derecha, incrédula aún de haber visto hablar a un ciempiés, y más aún por su falta de tacto para encarar una conversación amena con un desconocido cuerpo que habla. Mis pies me miraban nerviosos. No sería arriesgado suponer que se sintieran algo intimidados ante tanta multitud.
"En tu texto" - me dice - "algo se tiene que romper".
Ahora comienzo a entender, y recordar las largas horas sin dormir para terminar el ensayo, la publicación mensual, o lo que sea, ya ni me acuerdo. Eso, que tenía que terminar y leer, terminar y leer antes que se acabara mi tiempo, esa caída incesante.
"Al tiempo." - le digo - "Quiero romper al tiempo."
El ciempiés me mira, algo en la cara o en el cuerpo del ciempiés me está mirando.
"¿Y cómo harías?" - me pregunta desafiante.
"Le pondría un paracaídas" - le respondo, y me despierto, con el cuento terminado, y la tinta de mi birome tan seca como la garganta de mis manos.
domingo, 28 de septiembre de 2008
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