miércoles, 29 de agosto de 2012

Pareciera ser

Ser es, como una cereza, una certeza. La cereza es certeza porque está ahí bajo mi techo y sobre mi mesa y sigue estando ahí ciertamente cereza, ciertamente certeza. Y uno viene a sentarse al lado con su montaña de misterios, en su tren descarrilado de contradicciones, con esa lágrima imposible de llorar pero también de quitarse alguna vez.

¿Por qué hablamos, cuando hablamos de callarnos? Ahora que estoy un poco cereza admito que las horas se me convirtieron en unos helicópteros que en ocasiones se me plantan en la cara, me plantean no se qué, y no me dejan pasar. Y otras veces, la mayoría, se me van volando sin que las pueda perseguir, sin dejarme ver siquiera en cuál dirección, se me van y me dejan a mitad del camino, transformando el ahora en una semirrecta que termina justito ahí adonde quedé yo parado. Y así ya ni puedo hablar del paso del tiempo porque el único que quedó andando de a pasos soy yo. Entonces callo y me pongo a mirar un poco.
Soy siendo y estoy estando, así que sigo siguiendo. Aunque como dije, raramente puedo ir al compás de las horas helicóptero. Los minutos me son igualmente esquivos, pero los segundos me suelen acompañar de tanto en tanto. Con ellos el problema es otro: sé que si me encariño demasiado termino terminando en 60 velorios por minuto y el corazón ya no me aguanta.

Qué gris que está el cielo. Lleno de truenos. O serán mis horas. Por las dudas me refugio bajo un techo. Me como una cereza. Me come la certeza. La certeza de que se me fue. Se me fue una hora más. Recién nomás. Volando. Los minutos ni cuentan. Y se me murieron unos miles de mis amigos. De mis amigos, los segundos.

No hay comentarios: