¿Hasta cuándo vas a rayar la mesa, sin discernir una sóla fórmula de la canaleta resultante? ¿Hasta cuándo el ajetreo de mármoles devoradores de mármoles, de jerarquías caníbales reposando en casilleros, y esa hinchada de peones en avalancha para travestirse y reventar el tablero en diagonales? ¿De qué te contentaste cuándo? ¿Los albores de su piel? ¿Los rubores de su miel? ¿O sólo cuando tu septentrional contra su esfínter? ¿O sólo después de los ardores calmos, de una mano vacía de otra mano, de la sed que siempre llega demasiado temprano?
Tengo un augurio estomacal, un garzo de sirena me cruza la sien. Una piedra en el camino, una piedra en el zapato, y otra piedra en la vesícula. Me agarro un huevo y me hago un omelette de persignaciones. Lo condimento de tosudez con un ácido adiós. El ejercicio de latir como bombo desconado. Desde que tengo memoria que me habita lo asimétrico, así como la rosa habita al rosedal.
Por vanagloriarte el metatarso soy capaz ser yablón y manigueta de tu serigrafía, el estandarte del orificio hiperkinético, el consuelo tierno para una bandada de ancianos que me convidan sus ciruelas. Pero me vuelvo lunático antes de alunizarte. Tengo un desconcierto molecular, las caléndulas difamantes, y me olvido de besar. Y da una nueva vuelta tu carrusel endemoniado de sortijas que desenmascaran mis condenas descascarándolas como a una nuez. Y me tatúan el futuro y no lo puedo contener. No te hagas el apuesto, ramillete, se dirigen sus palabras hacia mí. O sos el pez dorado, o el gusano que lo muere.
martes, 28 de junio de 2016
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