Su alma explayada sobre el plano. Su color interior, su tinte más profundo, arrojándose sobre el espacio, sobre ese universo regalado y a su merced, al arbitrio de su azar. De buena madera, de consistencia incuestionable, de rectitud casi agobiante. Su rostro, un reflejo de su alma. Su cara transparente traslucía su cromático esqueleto. Y a medida que se dirigía a su auditorio (ese agujero blanco...) con la delicadeza de quien describe el reflejo de su propia imagen, de quien plantea los rasgos de la respuesta de un espejo, se desangraba en su explicación, se iba por completo en ella.
Espero se me entienda, no estoy exagerando, o tal vez sí, pero no por exceso sino por defecto. No sólo se desangraba: Se iba desintegrando, a cada esbozo, a cada intento por regocijar el ego de su imagen, por justificar cada irregularidad, o por enaltecer incluso alguna virtud, a cada intento le correspondía su propio desmoronamiento, su suicidio paulatino.
Dejándose ir y sin culpa por ello, es lo que lo hacía verdaderamente hermoso. Simplemente fluyendo a través del tiempo para reconocerse, y por su causa también mutando cada célula de la piel por un signo que la explique, cada trozo de alma por una alegoría que la interprete. Y a medida que se desintegraba a conciencia, tenía incluso que ir corrigiendo el rumbo de la descripción, porque la propia descripción lo desintegraba. Y ya desintegrado, no era el mismo que había sido descrito en el instante anterior, lo que lo obligaba a corregirse, corregirse y desintegrarse una vez más, otra vez más, siempre buscando ese símbolo perpetuo de sí mismo, y siempre en deuda, siempre en deuda como un perro que busca morderse la cola dando vueltas sobre sí mismo infinitamente.
Así prosiguió sus intentos, cada vez más precisos, cada vez más remendados hasta altas horas de la madrugada.
A la mañana siguiente, el escritor buscó su lápiz por largo rato. Sólo encontró unas palabras, éstas palabras, escritas sobre la mesa blanca.
jueves, 20 de junio de 2013
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