Un pájaro silba a cada mañana sobre una rama. La rama se despierta por el canto y se despereza varios segundos durante la madera, y hasta minutos incluso por la caricia matinal hecha de tronco. Este cielo, cilindro de marrón irregular, la arropa hasta que salga un poco más el sol, y ahí sí se amanece entonces como nueva hoja verde, o como acción y resultado del invierno amarillo, según el hemisferio donde el planeta del pájaro haya podido estacionarse. El caso es que las hojas, ya verdes, ya amarillas, acarician una ventana clausurada al paso de los fotones solares. Adentro espera todo un mundo denso, casi macizo.
El pájaro de esto nada sabe, nada sabe pero canta, y su música se adentra presurosa por el vidrio, más transparente al suave sonido que a la luz del día. Y el sonido entonces, penetra. Un pulcro y frugal acertijo invade su ternura. Siendo silbido de ave no hay negrura que aceche. El delicioso monstruo ciego avanza, se desplaza, rebota contra unas copas, golpetea los costados de todo cuanto haya en esa infinita oreja que es la habitación. ¿A cuál horizonte se dirige en la oscuridad, sin la capacidad de la mirada? ¿Con qué criterio hace ampliar su alcance con tanto afano? No hay formas ni tiempo, sólo el hecho de abarcar. El mundo vuelto opaco; los colores, incendiados.
Tanteando cada objeto avanza nuestro protagonista, y le retumba a todo su intensidad transmutada en vibración. Por su propio eco detecta aquí una escalera; enseguida su inmunología le provee de eufemismos sonoros para avanzar un escalón (que, pobrecito, se planta inocentemente como pretendida muralla sorda), más arriba otros tantos curvados, y luego al final un escalón más alto que declara el fin de la escalera, dando paso a un nuevo suelo, tan negro como el inferior, aunque más forzoso para nuestro personaje que comienza a sentir el desgaste, esa creciente debilidad por alejarse de su alado origen.
Pero he aquí que el alma vibradora del individuo melodioso comienza a precibir su interior como mezcla pausada de otra alma de igual raza, aunque de origen escandaloso, cual resoplo de dragón escondido tras un indescifrable portal de madera gruesa e impronosticable coloración. Nuestra canción avícola, anoticiada ya de la presencia de un extraño, direcciona todo su corpus subyacente en el habitáculo de abajo para organizar el tumulto de su música contra el invadido, devenido repelente.
Los contendientes se identifican, se miden. Cada cual reformula su estrategia, coordina su ataque y su defensa previo al choque. Ambos advierten el claro desequilibrio material, porque el beligerante de las alas, prevenido ya del enfrentamiento, arroja toda su furia de espectros politonales sobre la ventana (ahora tremolante), sobre la escalera (apenas peldaño), sobre la puerta (pura delgadez). Su contrincante de acordes graves y origen incierto como toda respuesta entra en un pánico atroz quedando de inmediato disminuido a rebuscarse un escondite imposible, asediado y dilapidado violentamente contra las paredes, desmenuzado contra el aire todo vestigio de su voz otrora gruesa y ronca.
La guerra termina. El campo de batalla es fiel metáfora de su resultado. La nocturnidad adivina el fin de su letargo.
El ronquido cesa. El dragón despierta. El pájaro ya puede volar
martes, 25 de junio de 2013
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