El paquete de palitos crujía en una mano y Buenos Aires anulaba todo lo que se escondía detrás de la intención de la otra, que vaciaba su angustia en caricias que nadie pidió ni nadie se atrevió a rechazar.
Esa mano revoltosa no la puedo esconder de Buenos Aires, pensaba ella, mientrás el intentaba armar un camino de palabras que le lleve también desde Buenos Aires, usar siempre a Buenos Aires, para resolver el misterio de los ojos que ahora no lo miraban.
El silencio se extendía entre ambos como un paño húmedo, como el cielo blanquecino que los techaba, como si todo fuese una nube arriba, una nube dudosa que no se atrevía a derramar tanta lluvia acumulada, pero tampoco a hacerse un lado y dejar pasar el fuego que por arriba quemaba todo. Ella elucubraba las evidentes similitudes de los factores climatológicos y la tensión suya, la tensión de la mano que se movía una y otra vez en líneas inconexas por su espalda.
No sirven las letras, ni los dedos, ni los ojos, se persignaba él. Habrá algún símbolo un poco menos ineficaz que el resto para acordar entre ambos una mínima comunicación, un acuerdo aunque sea mayormente intrascendente, como que aquí hay una coma, estamos en un espacio de mutuo acuerdo de pausa y reflexión. Pero ni eso llegaba, ni siquiera el cielo blanco imponía un punto y seguido, una gota en la cara, una mínima sorpresa que mueva su mano encarcelada en esa espalda que no la pedía pero tampoco la echaba, y esa gota que rebalsaría el vaso de la demasiada calma que los envolvía, y que le abriría camino hacia un paraguas o a subir un cierre, a desatar al menos el más previsto de los rituales comunes.
En qué nos metimos. Arriba la nube de la nada, abajo sólo el pantano barro arena movediza. Con cuál soga se sale de acá, si el puto cielo no se decide a nada. Meditemos, al menos, meditemos cada cual la situación, tal vez podamos cruzar los dedos, tal vez enhebrar la suerte, revolear las cartas, recuperar para nosotros los dioses perdidos.
En eso estábamos cuando huyó del cielo la primera de las gotas.
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