jueves, 1 de mayo de 2014

Saladísimo

Se me pasaron las sales de los fideos,. Habré agitado de más, otra vez, las tremolencias necesarias para que caiga el rocío a granel del salero engualichado. Es que será su destino por siempre, el suyo y el de todos sus semejantes, que quienquiera sirva como enlace entre su cuerpo cónico (casi siempre) o cilíndrico (contadas veces), usualmente transparente, acaso invadido por agentes del combate al vaho, cual arroces y piedritas ajenas a su blancura y circularidad, sea quien fuere aquél que traslade ese cuerpo frágil y peligroso a las mañas de la higiene hogareña, que no se derrame Roberto, pero aunque sí eso suceda, que jamás lo otro ocurra, el hecho inflexible e indomable, el hechizo endiablado del contacto mano a mano, dedo a dedo que destrozaría no ya el fortuito y diáfano vidrio de su envoltura, sino enfatizadamente, y con comprometida vehemencia, la suerte de esos errantes atorrantes que se atrevieron a desafiarla.
Y mis fideos, aquellos seres kilométricos como siempre, pero ingenuos como nunca, siguen contaminándome palmo a palmo la vulgaridades digestivas de cada ingestión. Y mis dientes, asediados por la arenosa y atracante novedad, muerden como si cada cual mil cuchillos fueran. Y mi estómago, rebuzna como burro malo. Y mis venas engordan cual grasa de chancho. Mi visión oscurece un año de noches sin luna. Mis dedos se hinchan para siempre.
Una uña se desprende, y cae sola por la madrugada. No la única.

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